Thomas Edison patentó a lo largo de su vida más de mil aparatos que, en su mayoría, se convirtieron en productos comerciales de éxito, pero llevaba un tiempo sin dar con la solución necesaria para crear una nueva iluminación. Durante una entrevista, un periodista le preguntó cuántos fracasos llevaba en ese complicado intento. Edison contestó: «Casi mil, pero no han sido fracasos, sino fantásticos descubrimientos de lo que no hay que hacer». 

Pocas palabras hay más duras para una persona que la palabra fracaso. Y utilizo el término “persona” y no “profesional”, “empresario”, “investigador” porque el fracaso duele de manera transversal. Un fracaso personal afecta profesionalmente. Un fracaso profesional a veces hace que los cimientos de tu vida personal se fracturen. El fracaso es una de las peores cosas que le pueden ocurrir a alguien, por eso solo la idea de fracasar nos produce pavor, nos paraliza o nos aleja de nuestros objetivos.

Según la Real Academia Española, el fracaso es:

  1. Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio.
  2. Suceso lastimoso, inopinado y funesto.
  3. Caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento.
  4. Disfunción brusca de un órgano.

Todas estas acepciones son negativas, épicas incluso. En cambio no hay ni una referencia a la naturaleza innata del fracaso en todos y cada uno de los seres del mundo humano y animal. Todos hemos tomado decisiones erróneas, hemos puesto expectativas en algo que finalmente no ha resultado como esperábamos.

A pesar de esto, no hemos sido educados para afrontar los fracasos y compartirlos de manera natural, como compartimos otras experiencias que nos ocurren. Fracasar produce vergüenza propia, y en algunos casos ajena. Quien fracasa es considerado socialmente un “perdedor”, un “loser”, un “don nadie”, alguien que, dependiendo de la importancia del fracaso, queda desacreditado y pierde credibilidad entre quienes le rodean.

Efectivamente, cuando fracasamos nos sentimos perdedores, vulnerables. Y aquí entra en juego un concepto muy importante: la vulnerabilidad. Dice Brené Brown, profesora e investigadora en la Universidad de Houston, que la vulnerabilidad no es debilidad. «Es riesgo emocional, exposición, incertidumbre. La vulnerabilidad es donde nace la innovación, la creatividad y el cambio».

La profesora Brown ha estudiado en profundidad la vulnerabilidad, la empatía y la vergüenza, emociones que vienen a colación del tema que nos ocupa. Rara vez hablamos de un fracaso sin sentir vergüenza. Nos excusamos, maquillamos la realidad, a veces mentimos o intentamos acabar pronto esa conversación que nos incomoda, porque creemos que de lo que no se habla, no existe. Lo que obviamos es que un fracaso aporta muchos datos, y los datos son conocimiento. Nada ayuda más a tomar mejor las decisiones que los datos. Así que cuando cada uno de nosotros habla abiertamente, con coraje, con valor, con capacidad crítica y de análisis de sus fracasos, estamos haciendo un gesto de generosidad hacia nosotros mismos y hacia nuestro interlocutor.

A esta conclusión también llegaron Leticia Gasca y sus socios en The Failure Institute, un instituto que estudia los fracasos. El objetivo de este centro de investigación de fracasos es compartir estas historias, porque haciéndolo nos estamos enfocando en el camino del éxito.

Gasca y sus compañeros se dieron cuenta de que los currículums de todo el mundo están llenos de éxitos, pero detrás de cada éxito hay muchas historias de fracaso. Fracasos que te han dotado de experiencias; fracasos que te han aportado grandes lecciones; fracasos que te han llevado por ese camino de experiencias laborales dignas de exhibición en tu currículum y que, posiblemente, te lleven a la consecución de un nuevo y mejor empleo. Esos fracasos nos obligaron a reinventarnos, a, como decía Brown, innovar.

El fracaso es un reto a uno mismo. Nos reta no solo cuando ha ocurrido, también anticipadamente, cuando lo imaginas o te lo ponen delante. Cuando compartimos, ilusionados, nuestros proyectos con alguien y nuestro interlocutor introduce al fantasma del fracaso en la mente, el fracaso que aún no ha ocurrido nos está retando. En ese momento se bifurca el camino y tenemos que reconsiderar ¿qué quiero ser, protagonista o espectador de mi vida?

La felicidad no es vivir sin problemas, son problemas bien administrados. Cualquier cosa que hagas te expondrá a equivocarte, tanto si decides seguir adelante con tu proyecto como si decides retirarte por temor, todo lleva consigo una posibilidad de error. Debes asumir los fracasos como herramientas para tu propio estudio de mercado sobre lo que no hay que hacer, como oportunidades que la vida te ha brindado para empezar de nuevo de una manera más inteligente.  

No estoy con esto animando a ser un kamikaze. A no escuchar las advertencias. A no temer a nada. Lo que animo a hacer es a definir ese fracaso que nos asusta siendo pensadores creativos, aislarse del ruido externo y escucharse a uno mismo.

Hay una frase del dramaturgo irlandés Samuel Beckett que dice: “Lo intentaste, fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa mejor”. Actualmente la encontramos en paredes, tazas, camisetas, blogs…  y quiere convertirse en un mantra entre las generaciones jóvenes. No creo que ese deba ser el lema de nadie y menos el de un emprendedor. El objetivo no puede ser fracasar mejor ni otra vez. El objetivo es aprender de un fracaso si este llega, pero orientarnos a las soluciones, no a un nuevo fracaso. Porque nuestra meta, siempre, debe ser el éxito.