En plena era de las comunicaciones y la información, es una pena no aprovechar a fondo todas las cualidades humanas y profesionales de nuestros compañeros de trabajo y colaboradores. Este mundo constantemente cambiante nos obliga a ser mucho más efectivos, tanto a nivel personal como profesional, para contribuir al éxito de nuestras organizaciones.

A lo largo de toda la historia de la humanidad, el cambio de cada etapa ha exigido siempre un nuevo esquema de habilidades y conocimientos para hacer frente a las nuevas realidades y necesidades. Hoy, el activo más válido de una organización son sus trabajadores, por lo que las relaciones humanas adquieren una relevancia altísima.

Esta importancia de las personas nos obliga a tomar una decisión muy importante: ¿qué queremos ser, gestores o líderes?

Gestión y liderazgo son dos conceptos muy diferentes. La gestión se refiere a todo el conjunto de tareas que nos toca desarrollar diariamente en nuestro trabajo: planificación, diseño de nuestra red de ventas, dirección, organización de todos los servicios centrales, desarrollo y control de nuestro presupuesto, la toma de decisiones, dar una palmada en la espalda o llamar la atención de alguno de nuestros colaboradores, etc.

El liderazgo es un concepto más profundo, tiene que ver con el tipo de persona que somos. Ser un líder, no solo significa llevar a cabo nuestras tareas diarias, sino también lograr el desarrollo profesional y humano de nuestros equipos. Un líder auténtico sabe conquistar, no solo la cabeza de sus colaboradores, sino también sus corazones, mediante un diagnóstico claro, estimulante y apasionante. En definitiva, el líder inspira actitudes y las dirige hacia objetivos de crecimiento personal y profesional concretos.

Es fácil ver las diferencias. Una filosofía exclusivamente de gestión, basada solo en el control, puede provocar que la única preocupación de nuestros colaboradores sea terminar el trabajo asignado.

Cada persona decidirá siempre en qué medida se va a entregar a su trabajo, y esa decisión vendrá determinada en gran parte en función del trato que recibe de sus superiores, y de las oportunidades que tenga de aprender y de poder desarrollar su talento.

Stephen R. Covey, en su libro “El 8º hábito”, decía que los mejores líderes actúan en 4 dimensiones, que se corresponden con nuestras 4 inteligencias innatas:

  1. La visión: para la inteligencia mental, propia de las personas que innovan, que visualizan una idea.
  2. La disciplina: para la inteligencia física, que hace referencia a las personas comprometidas con sus objetivos y que llegan hasta el final.
  3. La pasión: para la inteligencia emocional, que implica la pasión por el trabajo, la motivación para llevarlo a cabo y el optimismo necesario para no decaer ante las dificultades que surjan por el camino.
  4. La conciencia: para la inteligencia espiritual, que se refiere a las cuestiones éticas, a actuar con responsabilidad y siendo siempre conscientes de las consecuencias de nuestros actos.

Si se aúnan estas 4 dimensiones, no hay duda de que el liderazgo puede cambiar el mundo para bien.