Aunque apenas somos conscientes de ello, nos consideramos por encima de la media en prácticamente cualquier aptitud que se nos ocurra.

Tenemos tendencia a pensar que somos más trabajadores que nuestros compañeros de oficina y más inteligentes que el resto de estudiantes. También nos consideramos más sociables y más atractivos que los demás. Por supuesto, nuestros hijos son más brillantes que los de nuestros conocidos. E incluso creemos que las desgracias no nos ocurrirán a nosotros.

Podría llenar páginas y páginas de ejemplos, porque esta superioridad ilusoria se produce en todos los niveles. No lo afirmo yo; se trata de una tendencia natural humana, ampliamente estudiada en el campo de la psicología.

¿Por qué nos creemos siempre por encima de la media? El better-than-average-effect

Garrison Keillor, un reputado escritor, humorista y locutor de radio estadounidense, se inventó un pueblo ficticio, en Minnesota, al que bautizó como Lago Wobegon. En él, “todas las mujeres son fuertes, los hombres son apuestos, y los niños son mejores que el promedio”, según el propio Keillor.

Si nuestras percepciones fueran acertadas, todos viviríamos en el Lago Wobegon. Así lo corroboran distintos estudios y encuestas: el 90% de los conductores opina que conduce mejor que los demás; el 70% de los profesores se incluye dentro del 25% de los mejores académicos cuando se compara con sus colegas, y el 87% de los estudiantes cree que su rendimiento es superior al de sus compañeros.

Reforzamos este sesgo positivo al compararnos con puntos de referencia inferiores, que nos dejan a nosotros en buena posición, y a partir de ahí generalizamos. Aunque no seamos especialmente buenos en una cualidad determinada, al cotejarnos con personas menos calificadas que nosotros acostumbramos a salir reforzados de la comparativa.

A nadie le gusta sentirse inferior al resto, y nuestro cerebro se ocupa de solucionarlo para que vivamos más tranquilos y relajados. Seguramente, antes de leer mi artículo, ni siquiera eras consciente de la subjetividad de tus propios juicios de valor.

Sin embargo, si dedicas el siguiente minuto a reflexionar, te darás cuenta de que has estado aplicando este mecanismo de defensa en diversos aspectos de tu día a día, probablemente también en el entorno laboral. De hecho, esta creencia nos afecta particularmente en muchas áreas de trabajo.

El efecto del Lago Wobegon aplicado al mundo empresarial: ¿somos suficientemente autocríticos?

Uno de los resultados del IX Estudio sobre la gestión de redes comerciales en España 2019 – 2020, que he coordinado junto al profesor Julián Villanueva, me ha llamado particularmente la atención.

Como podéis ver en el siguiente gráfico, al ser preguntados por los equipos de ventas, solo un 11% de los directivos encuestados consideran que la competencia lo hace mejor que ellos. El 89% restante se cree, por lo tanto, igual o por encima de las empresas rivales:

grafico estudio iese

Estos datos se repiten, más o menos inamovibles, año tras año y estudio tras estudio. Si me permitís seguir con la metáfora del Lago Wobegon, donde todo el mundo es superior a la media, parece que gran parte de los empresarios se ha censado en el vecindario y se encuentra muy a gusto en la tranquilidad del lugar.

Llegados a este punto, deberían empezar a saltar todas las alarmas que nos advierten que estamos apoltronados en nuestra zona de confort.

No subestimes a la competencia si no quieres estancarte

Como empresarios, ¿es posible seguir creciendo y esforzándonos si ya pensamos que lo hacemos todo mejor que los demás?

Te pongo un ejemplo: si nos consideramos nativos en un idioma (digamos, el francés), no necesitaremos tomar clases de perfeccionamiento aunque nos vayamos a vivir una temporada a París por trabajo. Simplemente, no nos hará falta. En cambio, si poseemos un nivel de principiante o de suficiencia, lo más probable es que nos apuntemos a un curso intensivo para prepararnos lo mejor posible en nuestra nueva etapa.

Lo mismo ocurre a nivel empresarial. Si nos consideramos por encima de la competencia y nos comparamos solo con los que lo hacen claramente peor, ¿qué motivación tendremos para mejorar? ¿Seguiremos formándonos? ¿Nos arriesgaremos?

Dejémoslo claro: siempre se pueden hacer mejor las cosas. Un buen líder es aquel que no se conforma con la mediocridad y cuya filosofía reside en querer hacerlo mejor cada día. Debemos creer en nosotros mismos, por supuesto, pero que esa seguridad no se convierta en una excusa bajo la cual escudarnos.

Si nos conformamos con lo que ya tenemos, si no aspiramos a lo más alto y nos comparamos solo con un determinado grupo de empresas o personas para salir siempre airosos, nos estaremos engañando a nosotros mismos y nos estancaremos en las aguas del lago. Y cada vez nos va a resultar más difícil salir de ellas.

Todo es mejorable. Nuestro yo de hoy lo puede hacer mejor que nuestro yo de ayer: tiene más información, sabiduría y experiencia, así como mejores herramientas para llevar a cabo lo que se proponga.

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”, escribió León Tolstói. Busquemos cada día la mejor versión de nosotros mismos para alejarnos de las ilusorias aguas del Lago Wobegon. Es tiempo de hacer autocrítica sin miedo a equivocarnos. Si hace falta, resurgiremos de las cenizas más fuertes que nunca.