El domingo por la mañana parecía un niño con zapatos nuevos: bicicleta, gafas de natación, traje de triatleta, zapatillas de correr, gafas de sol, traje de neopreno, dorsal, chip… estaba preparando todos los “juguetes para adultos” que se necesitan para realizar una triatlón.

Mi afición por el running es de hace unos años pero en los últimos meses decidí dar el paso a una disciplina que, ya desde hace tiempo, llamaba mi atención. Así pues, añadí al hecho de correr, una vieja afición por andar en bicicleta y otra todavía más antigua: de chico entrené con el equipo olímpico de natación hasta que mis padres decidieron que lo de pasar más tiempo en el agua que entre los libros, no era un buen camino para un mocoso de 7 años.

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Aunque la disciplina del triatlón es muy atractiva, requiere de conocimientos y habilidades.

¿Conocimientos? Actualmente hay infinidad de webs y páginas de Facebook que te asesoran y que te dan realmente buenos consejos para nadar, andar en bicicleta y correr (lo cito en este orden porque es el que se sigue en una triatlón).

¿Habilidades? Poco a poco y de la mano de profesionales o amateurs vas programando tus entrenamientos, vas ganando experiencia en cada una de las tres disciplinas y en algo igual de importante que el propio deporte: las transiciones. Ese momento que pasas de un deporte al otro y donde has de ser muy consciente de todo lo que haces (quitarte el neopreno, ponerte el casco, calzarte las zapatillas…) para no desequilibrar tu cuerpo y, sobre todo, tu mente.

Estamos todos de acuerdo que, mientras que los conocimientos y las habilidades son factores que suman a la hora de afrontar retos personales y profesionales, la actitud, en cambio, es un factor multiplicador que en la mayoría de los casos representa en torno al 80% del éxito personal y profesional.

Los que me conocéis, sabéis que soy un apóstol de la “religión de la actitud” y en este caso, no reflexionaré sobre la importancia de las actitudes porque doy por supuesto, después de mucho predicar, que más o menos todos somos creyentes de esta religión.

Decidí que escribiría este post cuando me estaba preparando en la última fase de entrenamientos previos a la prueba. Sin darme cuenta, había pasado del “salir 2-3 veces a correr por semana” a entrenar cada día dos de las tres disciplinas de las que consta una triatlón. Probablemente es cierto lo que muchos estáis pensando “prepararse es clave para cualquier objetivo que quieras conseguir”. Estoy totalmente de acuerdo, nada nuevo hasta aquí. Sin embargo, me gustaría reflexionar sobre cómo un reto deportivo, genera una actitud “sutil” o “inconsciente”. Es cierto que para decidir correr una triatlón has de tener un pensamiento claro de que la quieres afrontar y tener una actitud para afrontarla, esa es la “actitud “consciente”, pero en paralelo aparece la “actitud inconsciente”, aquella actitud que surge sin que realmente te propongas realizar 1500 metros de piscina por la mañana y 30 series explosivas de running por la tarde. Esa actitud que surge de forma dócil y amable fruto de la práctica del deporte y, más concretamente, de asumir un reto deportivo.

No me gustaría entrar en reflexiones científicas. Seguro que el deporte nos dispara las endorfinas, aumenta la generación de serotonina y reduce el cortisol. Independientemente de esto, que está más que demostrado, deberíamos estudiar por qué cuando hablamos de retos deportivos aparece la “actitud inconsciente”. La actitud que no necesitamos plantearnos, la actitud que nos hace conseguir retos impensables, la actitud que nos lleva en volandas hasta nuestro objetivo, la actitud que no necesita de motivadores externos, en definitiva, la actitud que nace de forma natural y viene de muy adentro.

¿Os imagináis que nuestro cuerpo y alma pudieran desarrollar esa “actitud inconsciente” constantemente en todos los ámbitos de la vida? Creo sinceramente que nos iría a todos mucho mejor. Paso el testigo a aquellos que sepan o puedan diagnosticar esa “actitud inconsciente”, esa que surge como un volcán en erupción y que sale de nosotros mismos sin proponérnoslo, esa que, como los coches, “viene de serie”. Está ahí dormida, reposando y que, ante un reto deportivo, aparece y fluye de forma natural como si siempre lo hubiera hecho aunque en algunos casos, jamás fue utilizada.

Mientras no haya algún sabio que nos arroje luz en este campo, os daré mi más honesto consejo: marcaros un reto deportivo, jugar y dejaros invadir por la “actitud inconsciente”. Algunos ya la conoceréis, otros no. En cualquier caso, está dentro de nosotros y parece que, el deporte, es un seguro activador de la misma.

Por cierto, cuando dejé la bicicleta en los boxes y puse el pie en el suelo para empezar a correr, un ataque de flato me invadió de forma muy severa, parecía como si millones de tornillos se estuvieran clavando en mi estómago. Me costaba respirar y pensé en abandonar. Las reservas de “actitud inconsciente” probablemente estaban a cero, así que… bendita la “actitud consciente” a través de la cual decidí que debía acabar la carrera sí o sí.

Autor: Sergi Ramo, Gerente de Barna Consulting Group
Imagen: Sergi Ramo

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